Influencers que cambiaron el mundo: Leonardo da Vinci

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En el quinto centenario de su muerte, pocas figuras suscitan tanta fascinación como Leonardo da Vinci, el más célebre representante en la categoría de los hombres ilustres, que vivió en una época avanzado a su tiempo y murió, como la mayoría de los genios, sin haber sido del todo comprendido.

Artista, científico, inventor, ingeniero, escritor y filósofo humanista, su figura podría encajar con la del polímata, que tanto se valora en nuestros días, pero que en él surgía de forma natural. Es el hombre renacentista. Nacido en 1452, hijo ilegítimo de messer Piero da Vinci, un notario italiano de familia adinerada y de Caterina, de origen incierto -aunque existen evidencias de que podría tratarse de la Mona Lisa-, un Leonardo niño pasó sus primeros años en casa de su padre en Vinci, criado por sus abuelos y las esposas posteriores de ser Piero. Cuenta la leyenda que uno de los primeros recuerdos de Leonardo fue el de un milano venido del cielo que hizo vuelo estacionario en su cuna, tocando su cara con la cola, augurio de éxito.

Sea como fuere, en 1469, con apenas 17 años, Leonardo ya era aprendiz en el taller de Verrochio en Florencia, un artista de renombre y muy ecléctico, que mantenía un estrecho vínculo con el gran mecenas de las Artes Lorenzo de Médici. En aquella época, Leonardo era un chico iletrado con una ortografía caótica. Esto no le impidió, sin embargo, crear un sistema único de escritura “en espejo”, que inventó por inclinación natural ya que era ambidiestro. Pero en lo que realmente destacaba Leonardo, fuera de toda esa aura mística que a menudo se les otorga a los genios, era en su curiosidad. Era autodidacta, podía dedicar horas en el campo a la observación del movimiento de las aves o las formas del agua para dibujar las ondas de los cabellos. El gran público y quizás su cara más accesible sea la de la pintura, pero el propio Leonardo reconoció en vida que su verdadera pasión y por la que obedecía a esos encargos era la ciencia.

Una vez superado al maestro, no fue hasta su llegada a Milán cuando Leonardo da Vinci comenzó a hacer sus primeros trabajos de importancia pública en la corte del duque Ludovico Sforza, encargado de organizar sus fiestas. Allí entró en contacto con la alta sociedad y se dio cuenta de que él no era como los demás. Trabajó como pintor revolucionando la perspectiva, arquitecto e ingeniero militar en Milán, Venecia, Roma y otra vez Florencia, y pasó sus últimos años en Francia, donde realmente obtuvo reconocimiento al final de su vida en la corte de Francisco I. Fue durante estos años cuando Leonardo tomó el relevo de los grandes inventores de su tiempo y fue más allá. Desde el primer ala delta a los bocetos del primer automóvil, pasando por el tornillo aéreo -precursor del helicóptero-, un buzo y valiosísimos a la par que revolucionarios estudios anatómicos, entre otros muchos inventos; la mayoría no llegaron a funcionar, pero sí sentaron las bases.

Un tipo raro, fracasado, al que le gustaba “coleccionar” cadáveres y acusado por ser homosexual, que al mismo tiempo practicó el celibato durante gran parte de su vida y fue vegetariano. Leonardo iba en contra de la moral de su tiempo, a contracorriente, pero nunca perdió esa curiosidad nata por seguir aprendiendo más, dejándonos un legado único que, lejos de esoterismos, es y ha sido pieza clave para los posteriores descubrimientos de la humanidad.

 

Por Ana Matías

 

Ana Matías

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