Las enseñanzas que nos deja el coronavirus

por | 22 Jun 2020

Nuestra vida y nuestro mundo cambiaron de un día para otro. El viernes 13 de marzo estábamos cenando con nuestros amigos como si no pasara nada y el sábado 14 teníamos un catálogo de derechos restringidos como nunca antes se había visto en países como España, hasta el punto de convertir en ‘ilegal’ esa misma cena del día anterior. ¿Qué enseñanzas podemos sacar de una situación tan complicada y, a la vez, inimaginable?

La semana del 9 de marzo de 2020 arrojó una cascada de acontecimientos que, a pesar de lo inédito, ni siquiera hacían presagiar lo que se avecinaba. Cierre de colegios, cierre de parques, cancelaciones de eventos y reuniones improvisadas en lugares de trabajo para acordar, con inminencia, empezar a teletrabajar desde ese mismo instante. Miles de trabajadores rellenaron pendrives y ‘la nube’ con todo aquello que podrían necesitar… no se sabe por cuánto tiempo. 

(c) Flikr

En paralelo, los medios de comunicación mostraban largas colas en supermercados, carritos llenos (de papel higiénico) y las primeras personas viendo cómo en su interior emergía el miedo a salir a la calle. Debo reconocer que esa misma semana dejé de ir al gimnasio: mi último ‘fichaje’ tiene fecha de 8 de marzo. El día que se ha convertido en objeto de trifulca política porque en él confluyeron la manifestación del Día de la Mujer, un masivo mitin político y los habituales eventos deportivos, además de nuestra vida cotidiana, que siguió como si nada los siguientes días mientras nos veíamos salpicados por restricciones a modo de preámbulo de la que se avecinaba: la declaración del Estado de Alarma a partir del 14 de marzo. Un decreto que, de un día para otro, prohibía moverse por el país, salir o entrar de él, abrir negocios o, en definitiva, hacer cualquier cosa a la que antes llamábamos ‘nuestra vida’. Las siguientes semanas son de las más tristes y negras que se han vivido jamás en España. Y lo peor de todo es que, a pesar de la euforia que observamos en las calles con personas pensando que la normalidad ha vuelto a formar parte del paisaje, el virus todavía no ha sido derrotado.

En cuestión de días, lo que era nuestra vida normal pasó a estar prohibido por peligroso. ¿Cómo nos afectará en nuestras relaciones?

 

Estas imágenes que observamos desde que empezara la llamada ‘desescalada’ derrumban la creencia con la que arrancamos el camino por el desierto del confinamiento, allá por marzo: una situación tan peculiar y complicada, en la que íbamos a tener que acostumbrarnos a vivir en casa, a relacionarnos y a trabajar a distancia, y a aceptar que nuestra seguridad -construida sobre enormes cantidades de dinero, estresante trabajo y preocupaciones variopintas por ‘problemas del primer mundo’- es más frágil que nunca. Sin embargo, y a pesar de la falta de consideración de quienes incumplían las normas para gozar de un poco de libertad instantánea que podría pasar factura (a terceros) en el futuro, todavía hay esperanza para haber aprendido algo durante estos meses. 

Ahora sabemos, por ejemplo, que seguimos siendo un ser vivo más en la Tierra, aunque hayamos aprendido a domesticarla (y a destrozarla; por cierto). Hemos visto cómo un microscópico patógeno era capaz de dejar inservibles nuestras defensas, pensadas para las luchas entre humanos y no para la batalla del siglo. Incluso nos ha demostrado, ese patógeno, que solo la cooperación podía evitar una tragedia, aunque hayamos tirado de instinto cerrando fronteras, vetando pasaportes y acaparando bienes. Algo que ya habían vivido en sus carnes los inmigrantes que se juegan la vida por una vida mejor. Ahora hemos sido todos, sin excepción, los vetados, insultados (que se lo digan a los turistas españoles que luchaban por huir de algunos países) y ‘prohibidos’. Quizás nos haga reflexionar a muchos.

El teletrabajo creció en España desde el 7 hasta el 30% en apenas unas semanas. Las oficinas serán cada vez menos necesarias, lo que obliga a replantear los negocios.

 

También hemos aprendido en lo económico: el dinero no sirve de mucho en determinadas circunstancias. El poder, tampoco, pues el coronavirus ha afectado a millonarios, políticos, famosos o realeza, sin distinción alguna ni siquiera en la posibilidad de acceder a asistencia sanitaria -al menos en Europa, donde ha estado garantizada para cualquier persona excepto, denuncian algunos, las personas mayores a las que se vetó su ingreso en hospitales-. Por cierto, hemos aprendido, esperemos, a cuidar de los mayores. Son los que más han sufrido una crisis que se ha cebado con ellos de forma cruel, mientras se encontraban alejados de unos familiares que, de repente, se habían convertido en el mayor peligro para su supervivencia.

Sobre todo los niños, a los que la crisis ha convertido en inmerecidas bombas de contagio a evitar. Aunque, a fin de cuentas, el virus nos ha obligado a evitarnos unos a otros. A perder el contacto con los nuestros. A huir de cuantos nos rodean, ante quienes nos equipamos con guantes, mascarillas y mamparas, y con quienes nos relacionamos a través de la tecnología, que sale reforzada de una crisis que ha demostrado su utilidad para acercarnos cuando la vida nos alejaba (también para alejarnos, a través de los siempre presentes bulos, cuando la realidad nos obligaba a acercarnos incluso en las diferencias). Tecnología que ha cambiado para siempre el mundo económico y laboral: el teletrabajo ya no es una opción ‘cuasi-hippie’, sino una realidad que ha demostrado que sigue siendo posible (y que siempre lo fue) generar dinero sin descuidar a nuestra familia. Porque, durante estas semanas, muchos padres redescubrieron a sus hijos, y muchos hijos habrán conocido a sus padres. En la distancia, todos nos hemos conocido más. Y mejor. Incluso a nosotros mismos, porque ya no era importante lo que hasta hacía unos días era un gran problema. Lo importante era doblegar una curva que no dejaba de crecer arrasando vidas.

Lo importante era apoyar con aplausos de balcón a quienes se estaban dejando, literalmente, su propia vida por una pasión convertida, a marchas forzadas, en arma para una guerra que nos pilló desprevenidos y en la que no había bandos, salvo el de los que se habían librado de enfermar y los que no. Ha sido la única distinción entre nosotros. Una distinción cruel -quizás como todas- que debería hacernos reflexionar aunque ahora salgamos a correr sin mascarilla: no des nada por sentado y lucha para mantenerlo. 

 

Por Miguel Ángel Ossorio Vega

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