ARCO 2020 en revista Influencers

ARCO 2020: Menos punk y más decoración

1 mes edad

Es bueno sumergirse en el arte al menos una vez por año y patearse dos pabellones cargados de obras cuyos artífices tardaron meses en construir. Cierto que al cabo de unas horas de inmersión total ninguna cabeza puede asimilar tal aluvión. Cada mercader trata de atraerte con los más llamativo de su oferta en pocos segundos, y la pugna entre un sólido Chillida aquí y la negra motosierra ‘punk’ de aquella galería suiza acaban por explosionar.

La galerista Esther Viña (de la Heinrich Ehrhardt) echa en falta este año a esos coleccionistas internacionales “que solían venir los primeros días de la feria y se llevan las grandes piezas. No sé si por el coronavirus o por la bajada de la bolsa, pero las ventas van lentas. Y son importantes, porque los coleccionistas españoles solo compran hasta determinados precios y tampoco lo hacen durante todo el año”.

Le digo que en mi recorrido he visto poco escándalo y poca ruptura, que la provocación parece haber aflojado en favor de lo decorativo, de lo amable, y responde que a la feria se viene a vender. “Los galeristas hacen apuestas arriesgadas en su galería porque no les cuesta dinero y ahí dejan que el artista haga lo que le dé la gana, pero con lo que cuesta venir a una feria, aquí enseñan lo más vendible. Y el público español compra arte para colgar de las paredes, no instalaciones ni esculturas salvo casos muy especiales”.

Curiosos, mercaderes, aficionados al arte y una fauna pijo-bohemia que sólo asoma en ARCO pulula entre las obras mientras descubro los maravillosos colores de Secundino Hernández, un vistoso zodíaco chino construido por Ai Weiwei con piezas de juguete (el mío que es el mono resulta irreconocible) y la buena forma de algunos valores seguros españoles: Genovés, José María Sicilia (ahora trabajando con sedas en su serie “Light on light”) o el grandioso Jaume Plensa.


Las generaciones de galeristas se suceden, y mientras Juana de Aizpuru, otrora directora y pionera de este cotarro, se encaja en su sillón casi inmóvil, Jacobo Fitz James-Stuart Fernández de Castro, nieto de la duquesa de Alba, alabea su británica altivez en Espacio Valverde, satisfecho de haber vendido ya obras de cinco de sus ocho artistas, entre quienes sobresale Nicolás Camino.

En un giro cualquiera por el laberinto de esculturas, instalaciones, pantallas, cuadros y pancartas me doy de bruces con “la obra más polémica de esta edición”. O sea, un Francisco Franco de gran tamaño en un blanco y negro como de fotocopia mala con un texto que enumera los logros sociales del dictador y también le atribuye “haber formado parte de los Payasos de la Tele y de Los Lunnis”… Incluso la provocación y la ocurrencia es muy controlada en una muestra que responde a la zozobra económica con su cara más delicada y digerible para ahuyentar tanto sobresalto. Entonces unos aguerridos reporteros me sorprenden fotografiando a Franco y me ponen el micrófono delante: “Quién va a salir más reforzado de este ARCO, Franco o el coronavirus?”. “¡Caramba!, los cuadros de José María Sicilia”, respondo.


El paseo, abrumador y reconfortante, pesado y riquísimo, recompensa con el hallazgo de joyas como “Despacha, que dispiértan” de Marcel Dzama, un artista nacido en Winnipeg que trabaja en Brooklyn, titula sus cuadros como Goya sus Caprichos y expone en la Helga de Alvear, una galería de Lavapiés. Ese cosmopolitismo seguirá justificando ARCO por muchos años.

 

 

Juan Carlos de Laiglesia

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